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viernes, 15 de diciembre de 2017
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miércoles, 29 de noviembre de 2017
Oniomanía
Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe
En fin, que se fue dando rienda suelta a su eleuteromanía (pasión excesiva por la
libertad) y sumergiéndome en cierta melancolía ante su marcha (no llegué a la
melancolía extrema o lipemanía). Espero
que algún día quiera volver a su hogar de forma irrefrenable (nostomanía) y así podamos irnos juntos
de compras y experimentar la oniomanía.
Pasado el Black
Friday, las rebajas después, no sé si alguna semana será fantástica
y descuentos siempre habrá y, al final, todo me lleva al título de este
artículo, referencia inequívoca de la necesidad patológica de comprar cosas,
más allá de las verdaderas necesidades (quien
esté libre de pecado que tire la primera piedra). Pero no hablaré en
primera persona porque no me parece. Estoy pensando en un amigo que tiene paratereseomanía y es que está siempre
buscando la novedad. Lo gracioso es que se pone a canturrear continuamente
delante de un escaparate (vaya con su ritmomanía).
Hace tiempo que no veo a esta persona y lo cierto
es que dicen que tiene una necesidad mórbida de estar continuamente activo. Uno
que trabaja en el gremio del diagnóstico anticipó su ergasiomanía pero no me hizo ni caso y optó por no descansar. Ahí
se alejó del perfil de otro amigo mío que exhibía orgulloso su clinomanía. Bueno, la verdad es que no
la exhibía porque consiste en una afición exagerada a permanecer en la cama y
no precisamente por un ejercicio de satiromanía
(esta asumo se sabe lo que significa). Total que volviendo a mi primer colega
era un poco grotesco y, qué nadie se asquee, continuamente escupía (sialomanía) y su habitación no invitaba
al descanso dada su silogomanía
(obsesión por acumular basura). Al menos era una persona habladora que nunca
escondía su logomanía si bien me
ponía nervioso por su tricotilomanía,
titilomanía y simetromanía. Su mera visión generaba intranquilidad en mí al estar
arrancándose cabello, rascándose continuamente y efectuar movimientos
simétricos con los brazos o con los pies.
Seguro que estáis pensando en las extrañas
amistades que tengo. A mí me pilla lo de la onicotilomanía no radical… Vamos, en castizo, que me muerdo las
uñas pero no me las arranco. Aunque viendo esto de las manías me pilla alguna más confesable como la aritmomanía (compulsión a realizar operaciones aritméticas) o la…
mejor no sigo y hablo de mi amigo. Recuerdo su nosomanía y derivada de la misma su acaromanía (sarna imaginaria), tiroidomanía
(creencia de padecer una enfermedad tiroidea), bricomanía (nada que ver con lo que estáis pensando sino con
rechinar los dientes) o tuberculomanía
(creencia en padecer tuberculosis), oreximanía
(temor infundado a enflaquecer y a raíz de ello comer como si no hubiese un
mañana) o su sifilomanía (creo que
no hace falta aclarar). Incluso un día me llegó a decir que creía estar siendo
envenenado por estricnina (estricninomanía).
Permitidme un matiz macabro y de escueto humor negro, pero lo raro que no se
haya planteado a la autofonomanía
(manía suicida), ojalá que no.
En mi afán por ofrecer ayuda comenté que me
encantaría fuera invadido por una impulsión irrefrenable de huir de la casa
paterna (drapetomanía) aunque sin
caer en la poriomanía y/o vagabundeo. Pero era una persona
demasiado orgullosa y henchida en un narcisismo que no ocultaba hablando de su
belleza continuamente (calomanía),
de su sapiencia (sofomanía) y, en
definitiva, exhibiendo su megalomanía.
Desde hace dos años no sé nada más de esta
persona ya que terminó haciéndome caso en lo de absandonar de la casa familiar.
Algunos cuentan que en su afán de estar ocupado optó por la búsqueda de
sensaciones y se dedicó al arte de robar. Comenzó sin objetivos específicos
llevado por una cleptomanía
incontrolable, pero luego acabó robando libros sin parar (bibliocleptomanía) y queriendo tener una vida errante (dromomanía), viviendo en soledad y al
aire libre (agromanía).
sábado, 25 de noviembre de 2017
Machismo
Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe
Los llamados micromachismos
viven inmersos en nuestra cotidianeidad y todos participamos de ellos en mayor
o menor medida. Me cuesta pensar que llamemos a alguien señorito pero, sin embargo, perfectamente distinguimos señorita de señora. Os invito a probar a
pedir en un bar dos bebidas si estáis una mujer y un hombre. Por favor, que
esas bebidas sean una alcohólica y otra sin alcohol (por ejemplo, una cerveza y
un zumo). Estoy bastante convencido que en la mayoría de las ocasiones, si no
hay una pregunta o aclaración, la cerveza
será colocada delante del hombre y, asimismo, la cuenta será de su propiedad. Sé que no hay que sacar
las cosas de quicio, pero no pasa nada por intentar hacernos conscientes de
todas estas situaciones. Cuando vamos a un centro comercial es curiosa la
oportunidad que se da a la mujer de ser ella quien cambie los pañales de un
bebé. Perdonadme la ironía previa, pero más que posibilidad se obliga a que sea
ella ya que sólo existe la posibilidad en su baño. Pensando en política, aunque
me apetezca poco, si hablamos de los hombres nos sale el nombre e incluso el
apellido aunque habitualmente predomina el apellido (Rajoy, Sánchez, etc…). En
el caso de las mujeres nadie dice Santamaría o Díaz por señalar ejemplos.
Hoy es el día
internacional de la no violencia contra la mujer y, hasta el día 10 de
noviembre de este año estaban confirmadas cuarenta y cuatro mujeres asesinadas
en el contexto de la también llamada violencia machista en España. Lamentablemente,
esta mañana cuando me he levantado y he ido presto a leer la prensa he visto
consternado como había un nuevo crimen que posiblemente se sumaba a alguna otra
mujer fallecida durante estos días que median entre el dato oficial que aporto
con fecha y el presente día 25 de
noviembre. Este abominable dato se une a las cuarenta y cuatro mujeres del
año pasado y a otras tantas personas fallecidas cada año que, lejos de ser una
fría y sórdida cifra reveladora de una lacra social, encierran detrás un sinfín
de proyectos de vida destruidos así como familias y familiares destrozados.
Detrás de esta sórdida realidad que en algunos entornos se empeñan en
cuestionar, está un conjunto de factores y variables que condicionan y modulan
esta realidad. Unas u otras culturas tienen mayores posibilidades y predictores
de la violencia de género y, en este sentido, en nuestra cultura supongo que
nadie podrá cuestionar el valor predictor del machismo. Aludiendo a una estricta y mesurada opinión personal,
considero que el machismo no sólo es
un factor predisponente de la violencia de género sino que, de alguna manera,
constituye una expresión (más o menos marcada) de la misma o, cuanto menos, una
manifestación de una inercia social predisponente a considerar que el varón es
por naturaleza superior a la mujer subyugándola al poder del hombre.
El machismo
implica actitudes, conductas y prácticas sociales que minimizan y soslayan el
papel de la mujer en áreas relevantes de la vida como son la familiar, sexual,
económica, legislativa, intelectual, anatómica, lingüística, histórica,
cultural, académica y un largo etcétera. Cuesta poco poner ejemplos de algunas
de estas situaciones. En este sentido, a nivel familiar nos encontramos con
unos sistemas familiares muchas veces tendentes al patriarcado y/u orientados
en torno a la figura del varón como elemento tomador de decisiones que se
anteponen a las que pueda tomar la mujer. Me viene a la mente una frase muchas
veces escuchada y probablemente dicha también consistente en señalar esa es la mujer de…; ¡qué paradoja! supone
no escuchar nunca ese es el hombre de…. Puestos a entrar en otras áreas en
las que se revela el machismo, nadie
me negará que el sexismo y sus connotaciones se extienden a nuestro lenguaje
cotidiano. Perdonadme las palabras soeces, pero qué terrible es que algo
aburrido sea denominado coñazo y algo
divertido sea la poya. Siguiendo esta
retórica cuando hay un caos percibido hablamos del coño de la Bernarda pero cuando algo está muy bien hecho es “cojonudo”. Pienso en el mundo animal y
no es lo mismo señalar que alguien es un zorro
que una zorra o un gallo que una gallina. De la misma forma y tirando de refranero llora como mujer lo que no has sabido
defender como hombre o mujer sin
hijos, jardín sin flores u otro más zafio aún, a la mujer casada y casta, el marido le basta. No busquéis su homólogo en masculino, simplemente no existe.
Otras expresiones como nenaza, comportarse como una
señorita o aún más tétricas como comentarios del tipo “habrá igualdad cuando pongan un día internacional del hombre y no sólo
de la mujer son normalizadas en una cultura androcéntrica en la que la testosterona parece ser la variable que
determina y condiciona una imaginaria superioridad en todas las esferas
relevantes. Bien es cierto que esta hormona condiciona la identidad de género pero no menos
cierto que la correlación positiva entre
altos niveles de testosterona y conducta agresiva en humanos está más que
demostrada.
No quiero cerrar este escrito sin retomar las escalofriantes
cifras que lo abrían. Sólo una sociedad que promueva una igualdad verdadera en
todos los ámbitos puede considerarse madura y garante de la libertad y, para
llegar a ese punto, guste o no, hay que promover medidas encaminadas a la
protección de aquellas personas que están, sin ser así, en una posición de
inferioridad. La llamada discriminación
positiva (no me gusta la denominación) supone un elemento necesario en
tanto en cuanto siga habiendo manifestaciones sexistas que son subyacentes a
una cultura en la que muchas veces sólo recordamos la existencia del machismo y sus posibles correlatos
violentos cuando hay una víctima. Permitidme exclamar ¡NI UNA MENOS!
lunes, 30 de octubre de 2017
¿Imposible?
Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe
Algo imposible
es algo que no puede ser, suceder o realizarse. Tirando del diccionario
hablamos de algo irrealizable e incluso inalcanzable que consigue adquirir un
carácter quimérico y/o utópico. Lo imposible
se aleja de lo factible y viable suponiendo algo que, precisamente por su
dificultad, se inviste de un atractivo que intensifica nuestro deseo por su
alcance. Asociados a ese deseo pueden estar sueños, anhelos, sentimientos,
ilusiones y un sinfín de estados emocionales que nos ayudan a ver lo imposible
como algo que quizá sólo tarda un poco más.
Siempre he querido pensar que nada es imposible y, salvando la redundante imposibilidad de aquello que no puede
ser, creo que casi todo es factible. Para que algo sea posible debe poder concretarse. Hasta los afectos más penosos
como el dolor, miedo, desilusión, pena, fracaso o la soledad pueden ser
vencidos con sus antagónicos placer, valor, ilusión, alegría, éxito o una buena
compañía. Desde este prisma, pocas cosas son inasequibles. A lo sumo, lograr
que un perro maúlle o que viajemos en el tiempo (aunque quien sabe esto
último).
Paradójicamente para conseguir lo imposible hay que hacer lo imposible por lograrlo. Al fin y al
cabo la
vida no deja de ser un gran viaje en el que estamos sometidos a continuas
subidas y bajadas con escasos momentos llanos de relax que, en todo
caso, han de ser aprovechados para coger un impulso que nos lleve a una nueva
oportunidad de acercarnos a nuestros objetivos. En las cosas más sencillas suelen
estar las claves para llegar a nuestros utópicos objetivos y convertirlos en
algo poco probable pero no inasumible. Y es que para que algo sea imposible deben de existir factores contundentes
que impidan, por todos los medios, su alcance. Podemos hacer que algo que
aparentemente es infinito se vuelva tangible con sólo desearlo un poco más. Todo
está en convertir los sueños en acción y en descubrir los medios para reducir lo infranqueable que pase de ser algo
hipotético a algo probable.
Así pues a cristalizar nuestros pensamientos y a
evitar las añoranzas. Regocijarse en estados emocionales negativos sólo puede generar
fracaso, por lo que debemos modificar lo que hacemos para lograr cambios sobre
lo que queremos. Decía Paulo Coelho que sólo una cosa vuelve un sueño imposible, el miedo a fracasar. Y
que cierto es que la única manera de superar nuestros límites es intentar vencerlos
acercándonos a lo imposible.
Resumiendo, que mientras hay vida hay esperanza y como no se hizo Roma en un día sugiero los ingredientes típicos que no
suelen fracasar en el logro de empresas aparentemente inviables. El esfuerzo,
perseverancia, optimismo, ilusión y confianza en uno mismo suponen algo
tan intenso que si encima está acompañado de sentimientos positivos,
seguro pueden reducir la demora de palpar lo deseado. Al fin y al
cabo, no hay imposibles para quien sabe trabajar y esperar, algo que
extrapolado al mundo de los emociones me lleva a pensar que los
seres humanos estamos conformados con la capacidad de plasmar nuestros sueños y
aspiraciones.
Como último consejo para lograr lo imposible recomiendo ser uno mismo.
Vivimos en el mundo de la información y del consejo gratuito. Al final, siempre
hay alguien que nos dice como debemos de obrar o actuar, incluso como debemos
sentir. Muchas veces estamos inundados de todos estos artefactos y no
escuchamos nuestro interior. Sopesando nuestros pensamientos, emociones y
comportamiento, así como su integridad ante la dificultad, podremos ser
realistas a la hora de valorar la plausibilidad o no de algo y, lo más
probable, es que nos demos cuenta que hasta un perro puede aprender a maullar
y lograr lo imposible.
martes, 26 de septiembre de 2017
El Maltrato Físico en Menores
Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe
La
victimización es un tipo especial de experiencia vital negativa que está al
margen de otros factores estresantes y que supone el daño que a un individuo le
causan otros seres vivos. El maltrato infantil es un tipo de
victimización y como tal hay que conocerlo y tratarlo.
En la
actualidad, el maltrato es un problema psicosocial de difícil envergadura, ya
que un considerable sector infantil sufre
agresiones de manos de sus padres. Pero aunque hoy en día se preste mayor
atención al maltrato infantil, a lo largo de la historia no ha sido considerado
como un problema por ninguna cultura ni en ningún período de tiempo. De lo que
no cabe duda es de que los malos tratos permanecen hasta nuestra época debido,
entre otras cosas, a las creencias
erróneas y a la ignorancia por parte de los padres de las necesidades físicas y
emocionales de los niños. Algunos padres
piensan que los niños son una propiedad de ellos y que pueden hacer lo que
crean conveniente al igual que justifican los castigos físicos que son necesarios
para conseguir disciplina. En este sentido, cuando los hijos no eran deseados, la mortalidad llegaba a alcanzar
altas cuotas e incluso los niños eran vendidos como esclavos, muchas veces
por la necesidad económica. Asimismo, el infanticidio
no era una amenaza en determinadas culturas, ya que lo consideraban una forma
de controlar la natalidad.
Las medidas de protección frente al maltrato
ya aparecían en la época de los griegos.
Los filósofos siempre advertían de que los niños no debían ser maltratados
en las escuelas, si bien el cambio en
los puntos de vista culturales no llegó hasta 1825 en Nueva York. La Sociedad Neoyorquina
para la reforma de los Delincuentes Juveniles creó un refugio para los
niños abandonados y maltratados. Posteriormente, en 1871 se creó la Sociedad para la Prevención de la Crueldad Contra
los Niños, no siendo hasta 1909 cuando se funda la Asociación Americana
para el Estudio y la
Prevención de la Mortalidad Infantil .
Previamente a la fundación de estas sociedades, Tardieu (1868) describió por
primera vez el síndrome del niño
maltratado basándose en autopsias de 32 niños quemados y golpeados hasta la
muerte. En el mismo año, el Hospital for Sick Children de Londres prestó atención a la cantidad de
fracturas múltiples que sufrían los niños. No obstante, tuvieron que pasar muchos años hasta que se establecieran las causas de
lesiones físicas infantiles, de índole traumática, provocadas por la violencia.
Otro autor llamado Kempe (1979) organizó un simposio sobre el síndrome del niño
golpeado presentando los puntos de vista pediátrico, psiquiátrico, legal y
radiológico y marcando con ello un antes y un después en la historia de los
niños maltratados.
Actualmente
no sólo se pretende reivindicar los derechos de los menores y la persecución de
los maltratadores, sino también intentar prevenir y atender las necesidades
psicológicas y sociales de la infancia maltratada. Se asume que:
1. El
maltrato infantil es un tipo de victimización que implica una experiencia
personal de daño infringido por otra persona. Una adecuada definición de
maltrato infantil sería la que recogiese toda
forma de violencia, perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato
negligente, malos tratos o explotación, mientras el niño se encuentra en
custodia de sus padres, de un tutor o de otra persona a su cargo.
2. Existen
diferentes tipos de maltrato entre los que destacan: el maltrato/abuso físico,
el abandono o negligencia, el maltrato emocional, el abuso sexual y otros
(explotación, maltrato institucional, corrupción, maltrato prenatal, etc.). El
maltrato físico es el que más impacto provoca en la sociedad debido a sus
manifestaciones físicas (magulladuras, hematomas, mordeduras, quemaduras, etc.)
3. En la
epidemiología del maltrato infantil las tasas oscilan entre el 0,2% y el 1,4%
de la población menor de 18 años. Lo más frecuente es de negligencia y, en
segundo y tercer lugar, el maltrato emocional y el físico. Las niñas sufren mayor abuso sexual y
explotación que los niños, pero estos sufren mayor índice de maltrato físico.
En cuanto a la edad la mayoría se sitúan entre los 11 y 15 años.
4. Las secuelas
médicas y psicológicas que presentan los niños maltratados físicamente son:
retrasos en la adquisición del lenguaje y lectura, problemas escolares, retraso
del desarrollo psicosocial, retraimiento en las relaciones sociales, conductas
agresivas y antisociales, hiperactividad y trastornos emocionales tales como
depresión, ansiedad y distimia.
5.
Los
Servicios Sanitarios tienen una gran labor en la detección y notificación de
casos y los Servicios Sociales en la intervención y atención al niño y su
familia.
Los
niños representan el futuro de nuestro mundo y sólo creando unos entornos de
seguridad, afecto y respeto huyendo de prácticas aparentemente educativas
punitivas podemos contribuir a un adecuado desarrollo social y de su
personalidad.
Lectura
recomendada
Navas, E. y Muñoz, J. J. (2004). El maltrato
físico en niños: consecuencias psicopatológicas e intervención. Anales de Psiquiatría, 20, 400-411.
miércoles, 20 de septiembre de 2017
Ecdemolagnia
Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe
Toda vez que la época estival finalizan creo que sigo
sintiéndome cautivo del deseo de viajar o estar lejos del hogar, concepto
señalado en el epígrafe. Me encantaría disfrutar de la exposición a los rayos
del sol (actirastia) y luego
cubrirme –pero no enterrarme- con arena de playa (tafefilia). Ahora bien, si ese deseo se convierte en la fuente
predominante de placer sexual, obviamente nos movemos en el campo de las parafilias (cuyas raíces etimológicas griegas tienen que ver con estar al margen
del amor). Se han documentado unas
549, pero quien sabe si hay más, ya que ancha
es Castilla y el mundo está lleno de placeres ocultos. El DSM-5 especifica ocho parafilias principales, aunque hay diversas
clasificaciones, siendo más correcta la que clasifica psicológicamente por
grupo de preferencia (personas, sadismo, situaciones, etc.). En 1987 desapareció la conceptualización de
las mismas como perversiones y,
en la actualidad se distingue entre parafilia
y trastorno parafílico en función,
sobre todo, de la inexistencia en la
primera de perjuicio en aspectos personales, sociales y/o laborales de la
persona que la presenta.
Quitando hierro al asunto y huyendo de algunas parafilias que pueden causar más
sorpresa y/o quizá rechazo como el caso de la excitación por parejas sexuales
con miembros amputados (acrotomofilia) o la excitación por la idea de comer o ser
comido por los demás –tragado de una sola pieza- (vorarefilia), lo cierto es que me gustaría tirase la primera piedra
quien no sienta excitación por la desnudez (gimnofilia o nudomanía). Aquí me vuelve a venir a la cabeza lo de
la inadaptación si suponen un trastorno, recomendando al nudomaníaco no acudir a zonas nudistas tras dejarse llevar por su ecdemolagnia. Por cierto, las
parafilias suelen responder al no hay dos
sin tres o al no hay quinto malo.
Vamos, que tienen una alta comorbilidad (sobre todo si hay una grave de por
medio). Admito que me gustan los gatos (ailurofilia),
pero no malpenséis, que no es bestialismo
–zoofilia-. Al menos no tengo zemifilia, término vinculado a sentir atracción
por los topos (me atormenta saber de esta existencia). Mi gozo con los felinos tiene
que ver con verlos, ya sean propios, ajenos o mucho más los llamados callejeros
y que tanto gustan de andar por lugares abandonados y/o descampados, allí donde
algunas parejas jóvenes (a veces no tanto) pueden buscar sus momentos de
intimidad que, en todo caso deseemos no sea su único lugar excitante, ya que en
ese caso hablaríamos de amomaxia.
Qué difícil es escribir estos términos sin tener faltas de ortografía. Bueno, a
lo mejor contribuyo a generar una excitación lingüística ante mis errores a
alguien que presente anortografofilia.
Para otras personas, el estímulo lingüístico tiene que ver con la audición (audiolagnia) y no es que se exciten al
escuchar sus propias hazañas sexuales (jactitafilia),
sino más bien los jadeos o incluso la voz de alguien.
Lo de las faltas de ortografía enlaza con este
mundo de nuevas tecnologías en que estamos y que dinamita el uso convencional
del lenguaje. El siglo XXI nos ha llevado a un mundo dominado por internet y
nuestra dependencia informática ha derivado en que pueda haber atracción hacia
los ordenadores (logozomecanofilia)
perdiéndose el atractivo por lo clásico y con una sexualidad en la quizá impera
cierto componente exhibicionista que
huye del antiguo disfrute con luces tenues o en penumbra, si bien nunca en la
oscuridad absoluta para no caer en la ligerastia.
Quién sabe si esa excitación a oscuras no se complementa con un placer
inusitado si hay rayos y truenos (keraunofilia).
Por cierto, no he señalado que la inmensa mayoría
de las parafilias –excepto masoquismo- son inmensamente más prevalentes en el género masculino que en el
femenino (se habla de una proporción 20 a 1). Seguro que preguntando las
preferencias de los hombres (permitidme un retórico alejamiento en este
momento) por las mujeres y huyendo del romanticismo hablarán de diferentes
partes del cuerpo. Unos se excitarán con las piernas (crurofilia) y otros con los ojos (oculofilia), a otros les gustarán mujeres musculosas (estenolagnia), altas (acrofilia) y muy jóvenes en relación a
ellos (blastolagnia –no confundir
con pedofilia ni su antónima teleiofilia –atracción sexual de un
menor hacia un adulto) mientras que otros optarán por hombres o mujeres grandes
(macrofilia) y/o pequeños/as (microfilia) aunque quizá, cuando somos
más jóvenes, preferimos la madurez (graofilia).
En todo caso, todos tenemos nuestros lugares fetiche para nuestras intimidades. Tirando
de lugares insólitos y siendo un poco pícaro, hay personas que se excitan con
la vegetación –dentrofilia- y nada
que ver con el castizo refranero español al irse al huerto, sino que hablamos
de una variante froteurista (rozarse
con personas) en la que se refriegan con plantas y/o árboles. Más cultural parece
el pigmalionismmo o agamatofilia que tiene que ver con la
atracción sexual por estatuas o maniquíes desnudos (atención a si alguien está
muy embelesado contemplando una obra de arte).
Decía Joubert
que el placer no es sino la felicidad de
una parte del cuerpo y Séneca
que los placeres, aún después de haber
pasado, recrean. No sé, quizá es mejor moverse no de placer en
placer sino de esperanza en esperanza.
miércoles, 6 de septiembre de 2017
¿Anan qué? Anancástica
Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe
La personalidad anancástica u obsesiva-compulsiva (se equipararán
aunque no son estrictamente equivalentes) supone una forma de ser, sentir,
pensar y comportarse relativamente estable y que, de alguna manera, puede
condicionar el día a día de la persona que la presente. Aunque podríamos pensar
que una gran parte de la población tiene un
poco de obsesiva, lo cierto es que el problema llega cuando condiciona
nuestro devenir entorpeciendo, por ejemplo, nuestra capacidad de trabajar y/o
tener una relación.
Pero más allá de criterios diagnósticos, cuáles
son ejemplos de posibles cotidianeidades que son prototípicas del comportamiento
de las personalidades anancásticas. El
caso es que quizá, una infancia en la que haya progenitores excesivamente celosos del comportamiento de sus hijos,
hipercontroladores y muy exigentes; críticos hasta la saciedad con lo que
consideran erróneo; y siempre exigiendo un comportamiento óptimo y acorde con
lo esperable, supongan determinantes de una introyección por parte del niño de
la necesidad de realizar todo de forma perfecta y tenerlo bajo control. El
desarrollo se tiñe de un mundo de prohibiciones, impidiendo la aparición de satisfacción
con uno mismo y lo que se hace, lo que deriva en fomentar la aparición de
cierta indefensión ante el resultado del comportamiento si no es el esperable.
Epidemiológicamente hablaríamos de una prevalencia del 1% en población general,
si bien hay otros estudios que apuntan a
porcentajes que varían entre el 0,9% y el 6,4% (cifras probablemente
vinculadas a rasgos de la personalidad y no tanto a trastorno). Los rasgos
definitorios son falta de decisión, dudas
y precauciones excesivas que reflejan una profunda inseguridad personal,
preocupación por los detalles, normas, listas , orden, organización y
programación del tiempo; perfeccionismo, desproporcionado hasta el extremo de llegar
a perder la perspectiva global de la situación; rectitud y escrupulosidad
excesivas; preocupación injustificada por los remordimientos, hasta el extremo
de renunciar a actividades placenteras y relaciones personales; pedantería y
convencionalismo con limitada capacidad para expresar emociones afectuosas;
rigidez y obstinación; así como insistencia no razonable en que los demás se
sometan a su propia forma de hacer las cosas o bien una resistencia no
razonable a permitir que los demás hagan las cosas por sí mismos.
Quizá es difícil reconocerse en esos criterios
(por cierto, hay que cumplir un mínimo de
cuatro) y hagan falta ejemplos más concretos. Así, alguien obsesivo intentará siempre ser el líder
en un trabajo grupal, imponiendo sus criterios y/o
desdeñando los de otras personas salvo que considere que son tan válidas como
él. Su forma de ver las cosas es, a sus ojos, la más idónea ya que considera es
quien verdaderamente se fija en los elementos importantes. Vigilará su
cuenta corriente con celo y continuamente estará planificando posibles gastos futuros
que puedan descuadrar su presupuesto. Obstinado y terco,
transmitirá una aparente seguridad, si bien continuamente puede buscar la
aprobación de las ya mencionadas figuras de referencia o personas tan válidas
como él. Mucho cuidado con no ceder un asiento a una persona anciana en un
transporte público si está delante alguien anancástico.
Gustan
de seguir las normas sociales con rectitud y por ello, al conducir un
vehículo, serán muy escrupulosos a la hora de señalizar todas las maniobras y,
aún mucho más, en procurar que los demás las sigan. No es difícil ver a la
persona obsesiva corrigiendo
continuamente a los demás acerca de lo que deben y no deben hacer o
como es mejor comportarse en determinadas situaciones. Pueden ser muy
desordenados para algunas cosas pero intentan imponer su orden y control a los
demás en la mayoría de las situaciones. Dar tantas vueltas a todo tiene
muchos inconvenientes y es muy probable que se enfrasquen en una tarea que
quizá no es la más importante en ese momento, pero si un pensamiento automático
pasa por su cabeza… poco hay que hacer. Dada el alto nivel de autoexigencia
no es raro que gusten del escapismo en forma de períodos de aislamiento o conductas
adictivas (como pueden ser videojuegos). Continuamente estarán
preguntando si están obrando bien (a sus referentes), incluso
en temas afectivos. La empatía no suele ser una virtud
que adorne a estas personas y no gustan de ver expresiones espontáneas de
afecto (p. e.: la gente que es muy efusiva en su alegría). Medir
cada palabra es clave y mucho más huir de las relaciones interpersonales
donde pueden mostrar ambigüedad dado que es difícil se sientan plenamente
cómodos. Lo importante con una persona obsesiva
es que no sufra daño, porque en ese caso será extremadamente despiadado con su
objeto de ataque. No hay una vivencia del presente, sino
de lo que se debería haber hecho en el pasado o de lo que se debe hacer en el
futuro. Aparentan alegría, espontaneidad y positivismo, cuando detrás
de todo ello hay tensión y un halo sombrío de control emocional. La
palabra responsabilidad es su bandera y la búsqueda de la aceptación por los
demás su objetivo. Tienen muchas conductas estereotipadas diarias que
convierten en una verdadera liturgia necesaria e imprescindible en su obrar.
Por cierto, no es bueno que se cambien los planes a última hora, al menos
con una persona obsesiva.
No sé si Abraham
Lincoln era obsesivo, pero dijo
un frase típica de ellos cuando señaló no
se puede escapar de la responsabilidad del mañana evadiéndola hoy, mientras
que Mahatma Gandhi consideraba que la
felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en
armonía. A mí me surge recomendar que sólo se puede disfrutar lo auténticamente
placentero en el presente, sin amargarse continuamente con el eventual mañana.
miércoles, 23 de agosto de 2017
Una de las claves para conseguir plaza
LA IMPORTANCIA DE REALIZAR EXAMENES PIR
La experiencia nos dice que por mucho que se estudie, si no
se realizan exámenes y simulacros será muy difícil conseguir la tan deseada
plaza.
En encuestas realizadas nos encontramos que los estudiantes
pir suelen hacer pocos o muy pocos exámenes por diversos motivos, entre los
que están:
ü Es duro ponerse un día a la semana durante 3-5 h con ellos.ü Prefiero no perder 5 h haciendo exámenes y así estudio más.ü Todavía tengo pocos conocimientos.ü Me desmotiva cuando veo los resultados.ü Me da mucha pereza, porque les veo poco prácticos.ü Son un poco "deprimente" comprobar lo mucho que me equivoco.ü A veces lo que se pregunta en el PIR no siempre coincide con los simulacros.ü Simplemente que el examen es largo y hay que dedicarle una tarde o mañana entera.ü Duro golpe de realidadü La inclusión de conceptos de algunas áreas que aún no han sido explicados.
Sin embargo, la realidad nos dice, que si no se hacen
muchos, es prácticamente imposible aprobar el PIR.
Partiendo de esta premisa,
una de las claves para
conseguir plaza PIR es la REALIZACIÓN DE EXÁMENES y SIMULACROS.
Desde CeDe os recomendamos
hacer uno mínimo a la semana, independientemente de cuando se haya
comenzado el curso. A parte de los que se puedan hacer por áreas o
personalizados.
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lunes, 31 de julio de 2017
Un Mañana Inexistente
Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe
Aprovechar el tiempo y no perderlo en anteponer dificultades previas
a una imprevisible ocurrencia o elucubrando nimiedades que justifiquen nuestra
desidia e inacción. Cuántas veces focalizamos nuestra energía en la queja
y en divagaciones que excusan el alejamiento de lo que necesitamos,
agrandando los obstáculos e impidiendo alcanzar metas dada la ausencia de
esfuerzo. Disfrutar el tiempo implica no anclarse al pasado y ser
consciente del orden cronológico que puede seguir cualquier evento no
malgastándonos en acciones probablemente inconclusas sino en actos con objetivos
meridianos. Pensando así podemos tener opción de vencer las dificultades y
acercarnos a logros que no sean meramente granjerías materiales.
Considero que obrando con diligencia y eludiendo la dilación derrotamos la
inoperante duda que imposibilita el éxito.
Admitir el
funcionalismo subyacente a estos enunciados no quita señalar que a
la corta o a la larga, el tiempo todo lo alcanza, por lo que hay que
intentar llegar a un buen equilibro entre lo que nos atrae o impele por los
beneficios que conlleva, plantearse el modulable esfuerzo que supone así
como el tiempo a invertir para su logro. Al fin y al cabo la vida es breve y
nos plantea la necesidad de apurar el tiempo concedido para alcanzar nuestro
sino esperando la máxima de que todo se cumpla a su tiempo
pero grabándonos un sabio consejo como es que algo sólo se puede
cumplir si se busca. Siendo pragmáticos mostraremos dedicación,
produciremos, exprimiremos nuestros recursos y aplicaremos nuestros aprendizajes
no malgastando tiempo. Cuando el tiempo es aprovechado justificamos nuestra
existencia eliminando lo nimio y baladí, lo que nos orienta hacia lo original y
excepcional.
Hablar del
tiempo y su aprovechamiento trae a mi mente una de mis lecturas preferidas en la
infancia (admito que también en esta época). Imaginaos como me quedé cuando leía
La Máquina del Tiempo y pensaba que podría viajar al futuro o ¡qué
leches! retroceder para arreglar algún entuerto. Wells supuso el inicio
de mi admiración por la ciencia ficción y me acercó a la tentadora idea de
creer en los viajes a través del tiempo buscando el porvenir propio y ajeno.
El viajero de la máquina conoce en un futuro muy lejano a los Eloi,
pequeños seres vegetarianos que suponen una ramificación en la evolución de la
especie humana como también lo eran los Morlock. Los Eloi
estaban entregados a la vida placentera y carente de objetivos, convirtiéndose
en pasto fácil para los antropófagos Morlock en sus noches de
cacería. Qué inteligente y profunda es esta metáfora del conformismo frente a
la ambición, de la desidia contra el tesón, de la resignación ante la lucha o de
la oposición existente entre asumir y sublevarse. Pudiera parecer que es más
recomendable ser como los Morlock, escondidos en el subsuelo y
amparados por la oscuridad. Pero nada más lejos de la realidad si se aprovecha
el tiempo aprovechándonos de los demás. Otrora, tampoco parece recomendable
evolucionar hacia los Eloi, abocados a un destino aparentemente
inmutable. Organizar prioridades permite apreciar nuestro tiempo y
aprovecharlo, suponiendo una sana huida de empezar y no terminar, de
proponer pero no disponer o de sugerir sin concretar.
Kant
consideraba que el tiempo formaba parte de nuestro sentido interno,
proveyéndonos de la capacidad de intuirnos a nosotros mismos y otorgando orden a
nuestra realidad. Quizá no venga mal hacer una reseña, a modo de guiño, a
Nietzsche con su planteamiento del eterno retorno de lo idéntico,
que supone una conceptualización pesimista acerca de la imposibilidad de
revertir los acontecimientos futuros.
Admito una
ingente insumisión ante tal aseveración recomendando confianza y entrega
hacia la perseverancia y aunque el tiempo y la marea ni se paran ni
esperan, hay que poner al mal tiempo buena cara
evitando activamente el infortunio. Organizando y planificando tanto
nuestras necesidades como nuestros deseos viviremos la unicidad de los momentos
presentes y no nos convertiremos en un Eloi esperando ser
depredado por un Morlock. Y es que no hay tiempo recuperado
sino perdido a la espera de un mañana inexistente.
Lectura
recomendada
Wells, H. G. (1895, ed. 2005). La Máquina del Tiempo.
Barcelona: Editorial Juventud
martes, 25 de julio de 2017
Hipopotomonstrosesquipedaliofobia
Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe
Mi corazón parece salir del pecho, noto un sudor frío
a la par que mi piel palidece, mi estómago está revuelto anunciando una
incipiente diarrea. Para más inri me tiembla la voz y noto pesadez así
como rigidez en mis piernas. Creo que no voy a ser capaz de superar la situación
a la que me enfrento. Y es que el miedo, terror, horror, temor y por qué
no decirlo el canguelo y la subsecuente cagalera (perdón) atenazan.
El miedo nos acobarda generando un encogimiento que nos impide avanzar.
Curiosa emoción que, aunque surja en el momento, siempre es ante lo
que pueda pasar. Este carácter de indeterminación futura es el que hace
al miedo y su hermana mayor, la fobia, dos elementos ansiógenos condicionantes
de nuestro día a día.
Mi abuela presentaba una xantofobia por lo que
cuando veía algo de color amarillo hacía muecas expresando auténtico asco
y aberración. La prevalencia de las fobias varía según aspectos como el
sexo, edad, momento/circunstancias, lugar y cultura. Pero sin pensar en fobia,
o qué narices, metiéndonos en el papel y visualizando determinadas situaciones,
no me creo que no existan miedos en cualquier persona y, por qué no
decirlo, posibles fobias a un montón de situaciones. En un ejercicio de
autorrevelación parcial y tras la consulta de un buen diccionario de fobias,
me he dado cuenta de que quizá necesite ayuda o, cuanto menos, ampliar miras en
mi zona de confort. Matizando que mi ejercicio de apertura no terminará
con la afirmación de la existencia de una fobia en mi persona, ya que
no es plan abrirse tanto, he de admitir que tengo cierto nivel
de liguirofobia al molestarme los ruidos fuertes llegando a descentrarme.
Peor aún si escucho estos ruidos desde las alturas o simplemente miro una
construcción de muchos metros de alto imaginando que puedo estar en la cúspide,
siento como la acrofobia se apodera de mí.
Por añadidura, nunca fui una persona de emociones
fuertes, es lo que tiene vivir algo de una hermefobia. Cuando
comenzaba a hablar en público sentía una asfixiante nudo en la garganta
y, lo que es peor, era consciente de como mis mofletes iban adquiriendo un
intenso tono rojizo. Total, que por el precio de una tengo dos:
glosofobia y ereutrofobia. Posiblemente lo de hablar en público y
ruborizarse tiene que ver mucho con lo de mi posible catagelofobia o
aversión a hacer el ridículo, algo que conecta con mi vergüenza por
bailar o corofobia. Sí, lo sé, tengo unas cuantas (y las que me
quedan o no admito). No me gustan las largas esperas, es más, me irritan…
y a esto lo llaman macrofobia. Aún menos las aguanto si se producen en
lugares estrechos que refuerzan mi estenofobia. Por lo menos que no
me roben, porque tengo aversión a ser robado; perdón, se llama
harpaxofobia. Y puestos a rechazar gente, mi respeto hacia las enfermedades
puede justificar mi iatrofobia (rechazo a ir al médico).
Últimamente noto que he de obligarme a ejercer mi derecho de votar…, quizá esté
desarrollando una politicofobia (creo que aquí no hace falta aclarar).
Por terminar a salvo con mi situación en el presente, pienso que pese a una
preferencia por la introversión, no rechazo los contactos sociales y/o
relaciones con otras personas (fobia social).
Terminada la autorrevelación de las fobias
presentes viajaré al pasado ya que no tengo anacrofobia sino, me
atrevería a decir, anacrofilia (por favor que nadie piense en una
parafilia consistente en obtener satisfacción por viajar en el tiempo).
Sólo que me encantaría poder hacerlo. Si viajo al pasado recuerdo que me marcó
mucho ver a una edad inadecuada un fragmento de la película Viernes 13.
No sé si he superado la posible friggastricaidecafobia pero es que, como
me dijeron que en España ese día equivalía a un martes con el mismo número,
creo que también tenía trezidavomomartiofobia. Puestos a tener días
malos, no me digáis que no sentís aversión por los lunes. Pues he de
deciros que presentáis una deuterofobia. Con tanto número me viene a la
mente mi respeto por otro asociado a lo demoníaco. Ese seiscientos sesenta y
seis que supone la suma de los primeros 36 números naturales y la suma de
los cuadrados de los siete primeros números primos pero, sobre todo, se asocia a
la marca de la bestia y, quizá por mis miedos infantiles, tiene el poder
de acrecentar mi hexakosioihexekontahexafobia. Esta última palabra tiene
tantas sílabas que me recuerda mi pánico a hablar y trabarme con términos tan
impronunciables que contribuyen a intensificar la fobia que da título a este
escrito y que paradójicamente designa aversión a las palabras extensas.
Me da pánico la muerte (necrofobia) y alguno de sus posibles
causantes, a saber, serpientes (ofiodiofobia) u hombres lobo
(ya sé que estos no existen pero si existieran seguro presentaría
licantrofobia). Siguiendo con el mundo de los seres vivos y los miedos
infantiles no puedo olvidar mi pediculofobia (aversión a los piojos).
Por ir terminando con este listado, vuelvo a tirar de
la anacrofilia para ir en este caso al presente y recordar el asco
que me generan las polillas (motefobia). Soy consciente de la
nimiedad de esta aversión frente a la probablemente fobia más extendida durante
el siglo XXI en nuestra sociedad. No me dirás que no vives todo lo descrito en
el primer párrafo si sientes que has olvidado el teléfono móvil en algún
sitio. Si es así, presentas una nomofobia. Total que empiezo a pensar que
casi puede ser que me diagnostiquen una panofobia, porque parece que
tengo rechazo a casi todo.
Decía Marie Curie que a nada en la vida se
le debe temer, sólo se le debe comprender y estoy de acuerdo ya que quizá
aquello que nos da más miedo en realidad ya es pasado. Pero bueno, si
errar es de humanos, tener miedo no lo es menos. Ante ello
hemos de armarnos de valor y afrontar nuestros temores. Ahora bien, no
nos pasemos en nuestro armamento, ya que, y perdón por lo escatológico,
hombre muy armado, de miedo va cagado.
Lectura
recomendada
Rojo,
J. (2011). Comprender la ansiedad, las
fobias y el estrés. Madrid: Pirámide
martes, 18 de julio de 2017
Evaluación de la Credibilidad: Detección de Mentiras
Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe
La evaluación de la credibilidad y/o la detección
de mentiras en el campo de la psicología forense puede realizarse
mediante tres tipos de indicadores como son los psicofisiológicos,
los conductuales y los verbales. Los psicofisiológicos son
analizados básicamente mediante el polígrafo. En relación a los
indicadores conductuales hay incluso diferentes enfoques y paradigmas
teóricos como son la llamada aproximación de los canales y la de los
indicadores discretos. Asimismo, existen diferentes técnicas para el
análisis de las declaraciones verbales: el análisis del contenido de la
declaración basado en criterios (Criteria Based Content Analysis, CBCA) que
forma parte del análisis de la realidad de las declaraciones (SRA –
Statement Validity Assessment, SVA -) y la teoría del control de la
realidad (Reality Monitoring, RM).
Los resultados obtenidos en la evaluación de la
credibilidad a través de los indicadores psicofisiológicos, conductuales y
verbales permiten obtener una serie de conclusiones recomendables para la
práctica de la psicología legal y forense. Los estudios con el polígrafo
tienen un problema importante. Se parte de los registros de la actividad
autonómica, siendo una mayor amplitud en los mismos el índice
revelador del engaño. Sin embargo, este registro autonómico constituye
una importante fuente de error debido a que variables como la ansiedad de los
sujetos participantes podrían alterar considerablemente los resultados. Hay
diferentes técnicas poligráficas, a saber, CQT (test de preguntas
control), GKT (test de conocimiento culpante), RCT (test del
control relevante), PCT (test del control positivo) y DLT (test de
la mentira dirigida). Las dos primeras son las más utilizadas en criminología.
Sin embargo, las técnicas no son todo lo precisas que sería deseable. Así, el
CQT registra un elevado porcentaje de falsos positivos (inocentes
clasificados como culpables). Sin embargo, el GKT es un adecuado detector
de la verdad (no daría falsos positivos) pero registraría un porcentaje elevado
de casos en que se cataloga como inocentes a culpables (falsos negativos). Pese
a resultados esperanzadores en algunas investigaciones con un 100% de
efectividad en la detección del engaño mediante la combinación de diferentes
métodos como PCT y el CQT, la investigación poligráfica adolece de
duras críticas. Además, los resultados del polígrafo son alterables
disminuyendo la respuesta fisiológica a preguntas relevantes, aumentando la
respuesta fisiológica a preguntas control y disminuyendo la reactividad
fisiológica; algo que saben hacer muy bien las personas con rasgos psicopáticos.
En cuanto a la evaluación de la credibilidad
atendiendo a indicadores conductuales los resultados se inclinan hacia el
contenido verbal como la mejor fuente para detectar la verdad y la mentira de
las declaraciones, si bien otros resultados ponen esa afirmación en duda.
Cabe destacar a Ekman y Friesen, quienes señalan la posibilidad del
ser humano de ejercer un mayor control sobre determinadas partes del cuerpo.
El rostro se mostraría como la zona más controlable del cuerpo, lo cual
no deja de ser paradójico ya que es la parte en la que más tendemos a fijarnos
para detectar el engaño. Por tanto, tenderíamos a facilitar con nuestro
supuesto conocimiento de la mentira el que nos engañasen. Para detectar el
engaño atendiendo a indicadores conductuales en el rostro, Ekman y Friesen
crearon el Sistema de Codificación de la Acción facial (Facial Action
Coding System, FACS). Sin embargo, pese a sus esperanzadores resultados,
tanto el FACS como su versión abreviada EMFACS conllevan una
dificultad importante. El examen a través del FACS de un minuto de
conducta lleva unos 100 minutos de minucioso trabajo, mientras que con el
EMFACS el tiempo se reduciría hasta los 10 minutos, lo cual no deja
de tener un elevado costo temporal que dificulta sus posibilidades de
aplicación.
La mejor variable para detectar el engaño es
atender al contenido verbal del discurso
y obviar el rostro (exceptuando las consabidas expresiones
micro-faciales). La realidad, sin embargo, es muy distinta. En un juicio con
jurado popular, el testigo declara en presencia del jurado quién, en su mayoría,
juzgará la veracidad de la declaración atendiendo a las claves faciales.
Llevando el resultado al extremo, lo ideal sería que para evaluar la
credibilidad se accediese sólo a la declaración grabada en cinta radiofónica del
testimonio, factor que incrementaría notablemente la precisión en la
evaluación de la posible veracidad del testimonio. El SVA fue creado para la
evaluación de la credibilidad de los testimonios de niños que declaraban haber
sido objeto de abuso sexual. La aproximación RM muestra como los recuerdos de
acontecimientos percibidos están provistos de mayores detalles sensoriales y
contextuales que los acontecimientos imaginados, donde predominaría la
información referida a operaciones cognitivas. Citando datos, el SVA y/o el CBCA
encuentran resultados entre el 60%y el 90,9%.
A modo de conclusión general, parece que lo más
adecuado sería disponer de la mayor cantidad de información posible. La
investigación existente avalaría una mayor precisión en la detección de mentiras
(evaluación de la credibilidad) utilizando el polígrafo junto a información
comportamental (comportamiento no verbal) y aplicando los criterios CBCA y RM.
Artículo
para ampliar información
Muñoz, J. J., Navas, E. y Graña, J. J. (2004).
Evaluación de la credibilidad mediante indicadores psicofisiológicos,
conductuales y verbales. Anuario de
Psicología Jurídica 2003, 13, 61-86.
miércoles, 12 de julio de 2017
Perfilando la Piromanía
Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe
En junio, julio, agosto y septiembre de
2012 F.J.M.M. provocó 24 incendios en Mallorca y
Menorca. Ante
el juez se definió como un amante de la naturaleza y de la
supervivencia. Llegó a vivir en una cueva situada en un bosque de Mallorca
durante las temporadas invernales. En esa cueva se encontraron velas así como
otros enseres y útiles que daban cuenta de la veracidad de su relato. En su
declaración F.J.M.M. admitió sentir impulsos irrefrenables por
prender fuego. Estas ideas se habían convertido en una obsesión imparable
aunque, paradójicamente, toda vez que veía el fuego señalaba sentirse mal y
abandonar la escena del delito. No hablaba de premeditación pero sí
comprobaba en las noticias, al día siguiente, lo que había generado. En su
historial psiquiátrico constaban antecedentes de ansiedad y depresión.
Otros aspectos claves de su relato eran su trabajo en una empresa que se
dedicaba a las actividades forestales así como su conocimiento en senderismo y
medioambiente. Este pirómano fue condenado y de su vida personal
se supo que tenía una relación duradera con una mujer que había sido madre
soltera de dos hijos mayores de edad. Ante ella se mostraba como una persona
con especiales habilidades como su capacidad para saber cortar troncos de árbol
de una forma específica, su habilitación para conducir helicópteros o unas
anormales habilidades para la conducción de vehículos a motor (coches y
camiones). Su trabajo como brigadista para una empresa especializada en labores
de mantenimiento de zonas naturales le proporcionó conocimientos idóneos para su
conducta pirómana que consistía en esconder una vela entre unas ramas y
matorrales regando con parafina la zona para poder huir rápidamente. Esta
persona tenía un diagnóstico previo de esquizofrenia (no relacionado con
los hechos) y cobraba una pensión. Se caracterizaba por pocas relaciones
sociales y su relación sentimental pasaba continuamente por altibajos.
El ejemplo de F.J.M.M. muestra, con
total nitidez, el perfil habitual de un pirómano frente a un
incendiario. Los incendiarios son personas que provocan incendios
inmersos en la premeditación o afán de lucro, si bien pueden darse casos de
negligencia o descuido. Frente a estos, los pirómanos actúan de
forma intencionada pero en respuesta a un descontrol de los impulsos y/o a un
deseo irrefrenable de quemar pese a saber lo que hace y las posibles
consecuencias. Los datos oficiales en España muestran que un 78% de los
incendios son organizados y/o planificados desde la óptica de un incendiario.
Apenas un 10% tendrían el origen en la piromanía.
La pregunta que surges es cómo es el perfil criminal
de los pirómanos. Obviamente, y como ya se ha señalado, nos movemos en el
descontrol de los impulsos. Son personas con mucho interés por el fuego
(p. e.: pirotecnia, cercanía a bomberos, retenes anti-incendios, etc.). Hay
una necesidad imperante de llamar la atención que puede mostrarse a través de
provocar falsas alarmas de incendios. Como características de personalidad
destacan la egolatría, manipulación y otras conductas de carácter
parasitario. Amantes de la búsqueda de sensaciones y/o del riego suelen revelar
una inestabilidad emocional y no son infrecuentes los antecedentes
ansioso-depresivos. No son extraños los nervios y ansiedad tras haber
cometido el acto pirómano. Otros elementos del perfil son su habitual edad entre
los 20-50 años. Es raro que tengan estudios superiores y suelen tener algún tipo
de dificultad intelectual y/o CI bajo en el contexto de normalidad. El alcohol
es la sustancia adictiva más presente en sus vidas y suelen estar vinculados a
equipos de voluntariado, protección civil o empresas dedicadas a temas
vinculados con el fuego.
Volviendo a F.J.M.M., en su cadena de
incendios destacaba un marcado carácter compulsivo. Uno de sus días más
activos fue el 19 de agosto de 2012, fecha en la que incendió tres zonas
diferentes. La baja autoestima también subyace a las actuaciones de estas
personas que, de alguna manera, buscan sentirse importantes realizando sus
actos. Normalizan la manipulación del fuego e incluso se atribuyen fines
de justicia social (p. e.: combatir la tala masiva de árboles). En el fondo
subyace un sentimiento de omnipotencia y una ideación obsesiva que responde a
sus frustraciones y desajustes emocionales, su mal rendimientos
escolar/profesional y posibles defectos físicos causantes de complejos que
contrarrestan con sus acciones dirigidas a llenar su vacío existencial,
frustración y necesidad de sentirse importantes.
Curiosamente, cuando el pirómano es detenido se
muestra colaborador con las autoridades. El propio F.J.M.M.
detallaba sus acciones con el como y donde de la manipulación de rollos de
papel higiénico para facilitar la propagación del incendio. En este caso fue
detenido sin confesión, pero no es infrecuente confiesen buscando notoriedad.
Tirando de la sabiduría de Confucio, me gustaría decir al pirómano no
pretendas apagar con fuego un incendio, ni remediar con agua una inundación.
Apagar sus frustración interna con el fuego no hace más que avivar la llama
de su baja autoestima y conducta al margen y/o contra de la sociedad. Al
final, quien juega con fuego se quema.
Links para ampliar información
Geller JL, Erlen J, Pinkus RL (1986). A historical
appraisal of America´s experience with “pyromania” – diagnosis in search of
a disorder. National Institutes of Health.
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