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jueves, 11 de mayo de 2017

Cuando la Mente Sufre: Explicando la Esquizofrenia (parte IV)

Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe





La esquizofrenia se engloba dentro de los denominados trastornos psicóticos. Como se ha dicho previamente, supone una ruptura de la persona con la realidad. Se trata de un trastorno mental grave y generalmente crónico que se caracteriza, sobre todo, por alteraciones en el sistema perceptivo y, por consecuencia, en la comprensión de la realidad. Esta sintomatología va a condicionar la relación del individuo con su entorno derivando en una dificultad sostenida para mantener conductas motivadas y dirigidas a metas, así como una significativa disfunción social. Bien es cierto que, aunque esta enfermedad aparece típicamente al final de la adolescencia y principios de la etapa adulta, puede haber determinadas variables temperamentales y de carácter en la infancia y niñez que determinen la sospecha de la posibilidad de aparición del trastorno en el futuro. En todo caso, el curso de la enfermedad, por su cronicidad, suele producir importantes y desastrosas consecuencias para quien la padece en las esferas fundamentales de la vida.

Sin la pretensión de un análisis histórico exhaustivo del concepto de esquizofrenia, sí conviene señalar los autores clásicos más importantes en el abordaje de la misma. En este sentido, en el año 1898 aparece la figura de Kraepelin, quien habló de una patología llamada “demencia precoz” que, en la práctica, no dejaba de ser un subtipo de lo que hoy llamamos esquizofrenia. Posteriormente hubo autores más precisos y con un abordaje más profundo de esta temática. Destaca, sobre todos, la figura de Bleuler, quien acuñó el propio término de esquizofrenia.
La esquizofrenia se caracteriza por una serie de síntomas que, habitualmente, son: delirios –creencias irracionales-, alucinaciones –generalmente auditivas-, trastornos afectivos –habitualmente sufrimiento-, problemas de conducta –p. e.: comportamientos disruptivos- así como lenguaje y pensamiento desorganizado. Con el tiempo, estas personas pueden terminar presentando otros síntomas como las ya mencionadas apatía, abulia o anhedonia.

Pese a la multitud de investigaciones que hay en torno a esta enfermedad, no se ha logrado descubrir una causa concreta y, en la actualidad, se considera que hay un conjunto de factores biológicos (p. e.: herencia) y ambientales (p. e.: consumo de drogas) que pueden contribuir a la aparición y mantenimiento de la enfermedad. Aunque pueda parecer un simplismo existen teorías de toda índole que no dejan de suponer exiguos acercamientos al fenómeno. Desde los haplotipos de la genética a las disfunciones dopaminérgicas cerebrales pasando por la emoción expresada y confluyendo en los modelos de diátesis-estrés todo condimentado con la vulnerabilidad derivada del abuso de cannabis. Al final pueden aparecer unas u otras causas y expresarse la patología siguiendo la máxima de a mayor número de factores más probable es que aparezca esquizofrenia, si bien en ocasiones no necesariamente ni fácilmente concurren circunstancias de este tipo.  

Por otro lado, uno de los datos más sorprendentes es que esta enfermedad afecta, aproximadamente, al 1% de la población mundial lo cual avalaría la idea de que, al menos, unos 70 millones de personas pueden estar afectados por la misma con diferentes niveles de gravedad. Añadido a esto, los trastornos del espectro psicótico suponen el consumo de la mitad de los recursos asignados a la salud mental en países desarrollados.

La presentación de la figurada de la historia de Pedro pretende servir de ejemplo paradigmático de lo que sería un posible proceso rehabilitador para una persona con una enfermedad mental grave, circunstancia que provoca un enorme sufrimiento a quien la padece y su entorno.
La aportación de cuidados óptimos en un entorno residencial adecuadamente diseñado puede ser una estrategia fundamental de cara a la reintegración de las personas que ven cercenada su vida por enfermedades de esta gravedad; ya que sólo comprendiendo el sufrimiento de los otros y poniéndonos en su lugar, podremos ser una fuente de apoyo y, al menos, una tentativa de solución a sus problemas.

Continuará




martes, 4 de abril de 2017

Cuando la Mente Sufre: Viviendo la Esquizofrenia (parte IIb)

Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe





A partir de estos hechos, volvió al domicilio de sus padres quienes no acabaron de entender lo que había sucedido. De repente, les habían transmitido que su hijo tenía una enfermedad llamada esquizofrenia paranoide y que, con mucha probabilidad, seguiría un proceso crónico. En la mente de Luis daba vueltas la idea de si su hijo era normal y quería pensar en la posibilidad de que sólo se comportase así por librarse de realizar el Servicio Militar. Lucía, por su parte, se volcó en una aparente protección de su hijo, que derivó en que volviera a tratarle como un niño en el sentido de no dejarle realizar ninguna tarea del hogar e impedir que nada ni nadie pudiese perturbar una calma que ya nunca estaría presente en la mente de Pedro. Añadido a esto, sus hermanas, que ya estaban fuera del hogar de los padres, se alejaron aún más de ese hermano que, a sus ojos, siempre había sido problemático. A partir de ahí, comenzó una espiral de dificultades en el hogar, de recaídas en el consumo, en la propia esquizofrenia y de, en definitiva, aumento de los problemas en todos los niveles de la vida de Pedro quien, progresivamente, y a lo largo de los años, fue tomando contacto con diversos dispositivos socio-sanitarios y, aunque no consciente del todo, adentrándose en una vorágine de acontecimientos que le llevarían a cotas insospechadas de malestar.

Pensar en personas con historias equiparables a esta ficción sobre Pedro y adentrarse en estas historias de vida supone un antes y un después en la vida de cualquier profesional dedicado a la salud mental. Siguiendo con el relato, el análisis de su historial psiquiátrico revelaba la existencia de un trastorno esquizofrénico paranoide crónico que fue menoscabando sus facultades desde principios de la juventud y por el que precisó reiteradas hospitalizaciones, tratamiento psiquiátrico ambulatorio mantenido y rehabilitación psicosocial en varios dispositivos. En algunos informes previos se adoptaba el término genérico de psicosis, mientras que otros eran más precisos y repetían constantemente los términos esquizofrenia paranoide crónica.

Pedro ingresaba continuamente en instituciones psiquiátricas debido a que mostraba muchos problemas de conducta en el hogar (fundamentalmente agresividad verbal). A esto se añadían otros síntomas de la esquizofrenia como las alucinaciones auditivas, consistentes en insultos hacia su persona, que le ponían muy nervioso amén de alterar su relación con los demás. Los ingresos hospitalarios se fueron sucediendo en el tiempo y todo acabó derivando en su incapacitación civil y laboral. Cuando ingresaba en un hospital, Pedro manifestaba que sentía “voces insultantes que me preocupan y me hacen pensar que provienen de familiares, vecinos, etc.”, “pinchazos en el pene…” y que le “hartaban y por eso empezaba a romper cosas en casa…”. Todo esto le iba mermando anímicamente y adentrando en una atmósfera delirante de la que cada vez era más difícil escapar. Progresivamente se fueron incorporando fenómenos como sentir que sus acciones eran controladas, actividad obsesivo-compulsiva y cambios bruscos del humor. Las diferentes medidas terapéuticas implementadas en el caso de Pedro no producían los efectos deseados. Ni los fármacos lograban mitigar su sufrimiento ni las diferentes terapias o ingresos en dispositivos eran capaces de reorientar el curso de los acontecimientos.

Su proceso de enfermar fue como el de tantos otros en esta patología tan grave. Se inició en la juventud y ha sido persistente, con brotes paranoides (delirios y alucinaciones) y progresivo deterioro conductual, todo ello en el contexto de un ambiente de sobreprotección familiar. Las dificultades de contención de los problemas de Pedro en el medio familiar motivaron reiterados ingresos psiquiátricos que, toda vez fueron tornándose como inefectivos, supusieron que ingresase en un dispositivo dedicado a la atención a largo plazo de esta patología y orientado a los casos con peor pronóstico, lo que supone un intento más de abordar la enfermedad una vez agotados los recursos ambulatorios de tipo más comunitario.

En el momento de su evaluación de ingreso en este dispositivo se mostró calmado, abordable y colaborador. Aparentaba su edad, venía bien aseado y vestido variando adecuadamente su ropa. Su aspecto siempre era impecable. Presentaba una conciencia de enfermedad de carácter oscilante, en el sentido de que a veces parecía comprender que lo que le pasaba era fruto de su mente pero, posteriormente, terminaba señalando que eran otros los culpables de que tuviese esas sensaciones extrañas. Pero lo que más llamaba la atención de su rostro eran las arrugas faciales  que convertían su frente en algo que atraía las miradas de quien hablaba con él. 

Pedro no mostraba alteraciones motoras evidentes, aunque andaba enlentecido, lo que llamamos hipocinesia. Presentaba también alteraciones de la conducta intencional en forma de comportamientos compulsivos de llamadas a líneas eróticas que eran vividos con intensa culpa y reforzaban pensamientos obsesivos en torno al sexo. También presentaba intrusiones obsesivas relacionadas con una banda terrorista, que se manifestaban como pensamientos simples de alabanza a la misma que el paciente intentaba atenuar y calificaba como autogenerados.

Referente a sus sistema perceptivo e imaginación, Pedro no relataba la existencia de ninguna sintomatología nítida alucinatoria, si bien se había constatado que experimentó alucinaciones visuales (p. e.: ver a Dios), auditivas (p. e.: básicamente voces que le insultan) y táctiles (pinchazos en su cuerpo).

Su lenguaje era óptimo, utilizando correctamente las reglas gramaticales básicas. No había afectación en la comprensión y presentaba una buena cualidad del habla con pequeña afectación de la prosodia. Mostraba trastornos formales del pensamiento que aumentan su intensidad cuando experimentaba ansiedad. Así, no era raro que en su discurso apareciese una pérdida de asociaciones, pobreza del contenido del habla, habla distraída y circunstancialidad ocasional. Eran evidentes las ideas delirantes en el pasado de carácter básicamente referencial (p. e.: consideración de que la conducta de los otros –gente que asocia a políticas de izquierdas o contra la derecha- iba dirigida hacia su persona), extraño (p. e.: inserción de chips en su cuerpo o posibles envenenamientos por parte de sus tíos) y, en mayor medida, de persecución (p. e.: referencias a “ataques” de los vecinos hacia él realizando ruidos voluntariamente).  En el momento en que se evaluó a Pedro había percepciones delirantes (p. e.: ver a gente leyendo un periódico de izquierdas en el tren era interpretado como la posibilidad de estar siendo perseguido u observado o; movimientos de muebles casuales de los vecinos eran interpretados como intentos de molestar y fastidiar su descanso); así como recuerdos delirantes (p. e.: reconstruía delirantemente recuerdos reales como, por ejemplo, buscar explicaciones irracionales a hechos reales que le sucedían).

Pese a todo, Pedro no se caracterizaba por manifestar ideación violenta hacia sí mismo aunque sí hacia los demás, evidenciando agresividad de carácter verbal y, presumiblemente, sin aparente intención de realizar una agresión física. Su estado de ánimo era tendente a la depresión, aunque no de forma intensa y sí era clara la alexitimia. No presentaba problemas relacionados con el sueño con la única salvedad de tendencia a la hipersomnolencia. Pedro se había descuidado respecto a sus hábitos alimenticios y era clara cierta hiperfagia que había determinado mayor control y/o supervisión en las comidas por su sobrepeso. Añadir la valoración negativa que realizaba de su vida sexual y que, entre otras cosas, era parte de alguna de las tramas delirantes que provocaban malestar en su mente.

Las relaciones sociales que contaba estaban disminuidas en su cantidad y calidad, tendiendo a una evitación social activa y/o a la soledad. Con sus padres había una intensa ambivalencia, apareciendo intensos sentimientos positivos (proteccionistas) hacia el padre quien, paradójicamente, solía ser el blanco de la mayor parte de las agresiones verbales.


Continuará… 

lunes, 27 de marzo de 2017

Cuando la Mente Sufre: Viviendo la Esquizofrenia (parte IIa)

Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe




Una ficción realista fruto de las experiencia acumuladas puede ayudar en la comprensión de las dificultades que acompañan a esta enfermedad. Resulta necesario profundizar en los mecanismos que hacen que la monotonía, apatía, abulia (falta de motivación), anhedonia (incapacidad para experimentar placer) sean constantes en personas que pueden tender al aislamiento social (muchas veces en el mejor de los casos) o incluso, aunque no necesariamente, enfrentarse a otros o, de forma más concreta, contra “lo que” o “quien” les hace sentir amenazados.

Supongamos la historia de Pedro que comienza hace 38 años cuando nace en un hospital madrileño ante la falta de hospitales en la localidad donde viven su padres y que está situada en una zona periférica de Madrid. La historia del porqué de vivir ahí tiene que ver con la de otros tantos españoles en los años 60 y 70 quienes, ante la falta de productividad del campo español, acudían a las cercanías de los grandes núcleos urbanos en busca de una oportunidad laboral. El padre de Pedro ha trabajado en múltiples oficios, siendo su última profesión reconocida, antes de la jubilación, la de electricista. Su madre es un ama de casa que siempre se ha volcado en la educación de sus hijos, viviendo por y para ellos.

Los padres de Pedro se llaman Luis y Lucía, teniendo como descendencia a Natalia (41 años), Carmen (39 años) y el propio Pedro. La jubilación de Luis supuso un punto de inflexión en la dinámica familiar, ya que se encontró en un entorno relativamente desconocido para él, su hogar. Hasta la fecha, su vida había transcurrido entre el trabajo y unos pasajeros fines de semana en los que apenas lograba recuperarse del cansancio acumulado entre semana y que, según iban transcurriendo los años, mermaban su interés por el disfrute e incluso anulaban su vocación de educar y responsabilizarse del cuidado de sus hijos. En el polo opuesto ha estado Lucía, quien ante el desapego de Luis, condicionó su existencia a cubrir la función de los dos progenitores, implicándose sobremanera en la educación de Natalia, Carmen y, por supuesto, el deseado Pedro. Y es que Pedro llegó a convertirse en un objetivo fundamental para esta familia de inmigrantes andaluces llegados a la Comunidad de Madrid para la búsqueda de un futuro mejor. Luis deseaba tener un descendiente varón y, Lucía, por su recuerdo de un hermano muerto cuando ella aún era una adolescente, soñaba con la posibilidad de poder dar el nombre de éste a un hijo suyo. Así, tras el nacimiento de Natalia y Carmen, la llegada de Pedro supuso uno de los pocos momentos de verdadera alegría en esta familia.

Tras el nacimiento, y con el paso del tiempo, Pedro comenzó su andadura escolar. Quizá en su recuerdo estaban esos momentos iniciales en “parvulitos”, primer momento de contacto real con un medio escolar en las personas de su generación y que, en gran medida, suponía una toma de contacto con el sistema de normas y exigencias sociales. Su relación con otros niños era la normal en esta etapa vital, es decir, mostraba una comportamiento que aparentemente consideraba que todo lo interesante (incluso lo que no lo era) que le rodeaba era de su propiedad y/o merecía ser suyo, mostrando un inusitado egoísmo reconocible para quienes tienen hijos y que provoca una sonrisa en sus labios.

Por lo demás, el paso por la Educación General Básica (EGB) no fue demasiado tortuoso en sus primeras fases, sino más bien lo contrario. Pedro gustaba de jugar al fútbol y tenía un buen grupo de amigos con los que practicaba su deporte preferido durante horas y horas, aún a expensas de saltarse alguna actividad extraescolar a las que era apuntado por su madre, no sin cierta resistencia por su parte.

Sin embargo, cuando cursaba sexto de la EGB, Pedro comenzó a relacionarse con los compañeros más conflictivos de la clase. En realidad, quizá el motivo de su vinculación a estos es que Pedro comenzó a tener dificultades escolares que derivaron en no obtener unas buenas calificaciones académicas y que, por desgracia, supusieron que un grupo de compañeros y hasta entonces amigos, se rieran de él a través de poner el mote deTontete”. Pedro pudo verse arrinconado y, lo que hasta entonces había sido un desarrollo normal, se convirtió en la vivencia por su parte de la necesidad de ser respetado, querido y aceptado. En su mente de apenas 10 años, encontró la aparente solución más fácil. No fue otra que vincularse a los niños más problemáticos de la clase y que obtenían un rendimiento académico similar al suyo. Por añadidura, cuando los malos resultados académicos fueron una realidad de cara a sus padres, la reacción de los mismos fue dispar. Lucía montó en cólera señalando que no iba a consentir esto, a la par que mostraba un disgusto y dolor inmenso y, asimismo, tendía a proteger a su hijo de los comentarios del padre quien, en las contadas ocasiones en que hacía referencia a la situación de Pedro lo calificaba deinútil y vago”, indicando que su futuro estaba en ser barrendero porque él nunca mantendría a vagos”. Los problemas de este niño se amplificaban al ver como sus hermanas no sólo avanzaban cursos aprobando, sino que tenían un fantástico rendimiento académico y un círculo de amistades aparentemente mucho más recomendable que el del propio Pedro.

Con todo, la vida de Pedro fue entrando en una espiral en la que cualquier circunstancia suponía un paso atrás en su proceso evolutivo, derivando en una involución que difícilmente era compatible con un desarrollo psíquico adecuado y sí más bien anticipaba unas consecuencias negativas en su camino vital.

Fue a los 13 años cuando comenzó su contacto con el alcohol. Lo cierto es que sentía curiosidad por la bebida y, más concretamente, por la cerveza. En su vida no había sido extraño este producto, ya que su padre, aunque fuera esporádicamente, había protagonizado algún episodio violento en el hogar a raíz de haberse emborrachado. Dada la poca asignación económica que percibían tanto él como sus poco recomendables amigos, tenían como lugar de suministro una pequeña tienda de ultramarinos del barrio de uno de ellos, donde nadie les hacía preguntas acerca de su edad y sólo preocupaba la pequeña ganancia económica que reportaba la venta de esta bebida, que para todos no sabía igual si no estaba acompañada de unos buenos cigarrillos del tabaco que estuviera a menor precio. Al poco tiempo de estas primeras borracheras, comenzó su contacto con las drogas, si bien no fue hasta los 15 años cuando consolidó un abuso regular de cannabis, droga que consumía prácticamente a diario en forma de uno o dos porros y que los fines de semana era prácticamente devorada. Además, la cerveza dejó de ser el elemento central de sus borracheras y fueron las copas de whisky con coca-cola, las que dominaron sus ratos de ocio y determinaron sus posibilidades de relación con sus iguales. En su recuerdo, estaba la necesidad de tomarse no menos de cuatro o cinco copas sumadas a dos o tres porros para alcanzar un estado que le permitiese divertirse. Este consumo de alcohol y cannabis se mantuvo hasta los 22 años, aunque tuvo un punto álgido previo que fue a la edad de 18 años, justo cuando tuvo que realizar el Servicio Militar obligatorio. En esos momentos, el perfil académico de Pedro se caracterizaba por un mal rendimiento que había derivado en que apenas lograse la Educación General Básica y repitiese dos cursos de Formación Profesional (en la rama de electricidad). Por lo demás, seguía relacionándose con personas consideradas como conflictivas y sus relaciones con la familia se caracterizaban por fuertes discusiones así como un desapego cada vez mayor.

El obligado cumplimiento del Servicio Militar condujo a Pedro a una situación estresante en sí misma. Por primera vez, tenía que abandonar su hogar e irse a otra ciudad. Para colmo de males, se tuvo que ir a la zona de Algeciras donde, por desgracia, poco tardó en descubrir que el menudeo de cannabis y otras sustancias era algo habitual. No fue difícil que, bien sea por su bagaje previo, bien por su falta de asertividad, bien por su curiosidad…, comenzase el contacto con otras drogas; tomando un lugar preponderante la cocaína, que prontamente desplazó al cannabis y se convirtió, junto al alcohol, en algo habitual en su día a día. Para Pedro, lo peor de la cocaína es que era muy cara y esto le llevó a la pronta necesidad de comerciar/trapichear (aunque fuese a pequeña escala) con ella. Este comercio derivó en una mayor disponibilidad de la droga y, análogamente, un mayor consumo, que llegó a ser de dos gramos diarios durante los meses previos a la aparición de los primeros síntomas que definieron su diagnóstico de esquizofrenia.

Justo antes de cumplir los 18 años, Pedro acudió a una fiesta de cumpleaños y, a modo de ritual, ya había esnifado sus dos gramos habituales de rayas de cocaína amén de haberse tomado sus no menos habituales 5 copas. Sin embargo, esa noche su mente fue invadida por unos pensamientos que no había tenido hasta la fecha (aunque últimamente sus amigos notaban inquietud en él). De forma inesperada, cuando estaba intentando ligar con una chica, sintió que ella se estaba burlando de él. Lo cierto es que, más allá de que ella no le hiciera demasiado caso, no había ocurrido nada anómalo. Aun así, cuando se alejaba de ella y aunque ésta daba la espalda, seguía sintiendo que se reía de él. Un escalofrío de angustia recorrió su cuerpo cuando escuchó, aparentemente de viva voz de esta chica (pese a que no estaba en su campo visual), un insulto que penetró en su cerebro y pasó rápido de generar miedo a provocar un intenso sentimiento de ira hacia quien él vivía había sido la responsable. Ante esta situación, Pedro pensó que lo mejor era cortar por lo sano y, en medio de la fiesta, gritó y amenazó a la joven quien apenas se dio cuenta de la reacción que se había generado.

Aunque sorprendidos, sus amigos lograron detenerle y le acompañaron al piso que compartían. Sin embargo, esa noche fue muy difícil para Pedro, ya que no lograba alejar de su mente la aparente cara de rechazo de la chica de la fiesta y, mucho menos aún, la sensación de haber sido y seguir siendo objeto de sus burlas. Al día siguiente, al levantarse, comenzó a pensar que quizá todo el mundo que le rodeaba estaba en su contra y se estaban riendo de él, por lo que fue aislándose progresivamente hasta que un día tuvieron que forzar la puerta de su habitación porque llevaba tres días sin salir de allí. Al entrar, sus compañeros de piso comprobaron extrañados como Pedro se había abandonado en el sentido de no asearse, tener la habitación llena de desperdicios y, por su rostro, evidenciar falta de sueño. Además, justo instantes después de entrar en la habitación Pedro se levantó en tono amenazante e hizo ademán de agredir a uno de los que supuestamente habían sido sus amigos. Esto derivó en un primer ingreso en la planta de agudos de psiquiatría del hospital más cercano y, casi de forma inmediata, la suspensión del cumplimiento del servicio militar.

Continuará






martes, 21 de marzo de 2017

Cuando la Mente Sufre: Padecer Esquizofrenia (parte I)


Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe

Sufrimiento, pesadumbre, incertidumbre, incomprensión y un largo etcétera de vivencias o sentimientos que evocan, en lo más profundo de nuestro ser, la necesidad de encontrar un refugio, un lugar donde alguien o algo nos recoja y proteja de aquello que atenaza y atemoriza, o que simplemente no somos capaces de explicar. Todas las personas pasamos por estas vivencias tarde o temprano, por más que uno de nuestros principales objetivos sea la felicidad y por más que pensemos que a nosotros nunca nos sucederá. Sin embargo, pocas veces somos capaces de dar el verdadero valor que tiene que nuestra mente esté en contacto con la realidad y, por tanto, nos permita relacionarnos en forma óptima con aquello o aquellos que nos rodean, lo que supone una magnífica oportunidad para poder avanzar hacia la alegría, esperanza, expectativas y, en definitiva, la posibilidad de hacer frente a nuestros problemas; algo que se torna en una tarea de mayor complejidad cuando los lazos de contacto con la realidad son débiles y dependen, que no de forma directa, de la capacidad de unos fármacos a los que se añaden determinadas terapias para posibilitar que toda la emocionalidad disruptiva sea modulada y, con mucho esfuerzo, junto con alguna dosis de fortuna, la persona afectada por una enfermedad mental grave pueda acceder a la posibilidad de vivir emociones en el formato que la sociedad considera como normal.

El planteamiento inicial para comprender cuanto una persona puede sufrir cuando está afectada por una enfermedad mental grave partiría de un collage de diferentes situaciones difícilmente eliminables de mi memoria y que, no por ser escuchadas a diario, pierden vigencia en su capacidad para conmover a quienes las viven más de cerca. Es en estos momentos cuando se toma conciencia de la aparente fortuna de aquella persona que no está afectada por una enfermedad mental, ya que una de las situaciones más terribles que podemos experimentar es cuando la mente sufre.

En mi recuerdo están historias escuchadas y compartidas a lo largo de diferentes años desde mis inicios como residente hasta la actualidad. Son tan intensos y especiales los pasajes escuchados y vividos que aunque en otros escritos se planteará una ficción no será, por desgracia, algo imposible, sino una composición dentro del elenco de historias que han posibilitado que facilitar la calma de la mente herida sea, en la práctica, una convicción y una causa que motiva cada acción a realizar buscando mitigar las heridas causadas por una enfermedad devastadora, de consecuencias insospechadas y que, en la mayoría de los casos, condiciona la vida de quien la padece y su entorno prácticamente de forma perenne y, en la peor de las circunstancias, puede suponer una ruptura de la dinámica personal, familiar y/o social de consecuencias fatales para cualquiera de estos estamentos. El nombre que la sociedad ha dado a una de las enfermedades mentales consideradas graves y duraderas es Esquizofrenia, si bien hay otras alteraciones que también podrían entrar bajo esta denominación (p. e.: trastornos bipolares). No obstante, la esquizofenia (término derivado del griego clásico σχίζειν schizein y φρήν phrēn) implica, tal y como su raíz etimológica señala, la ruptura de la mente con la realidad, impidiendo un contacto adecuado de las personas que la padecen con el mundo que los rodea. Partiendo de esto, la ficción realista que se expondrá, pretenderá aportar una visión aproximada de cómo esta enfermedad supone un antes y un después en la vida de los afectados, entendiendo como tales aquellos que padecen el trastorno junto con su entorno; un entorno que también sufre, ya sean familiares, amigos, profesionales o simplemente cualquier persona de la sociedad con un mínimo de empatía. Sirva esta introducción basada en el padecimiento para abrir camino a cuatro partes más centradas en vivir, explicar, el estigma y, por último, el alivio de/en la esquizofrenia; contando con esa mezcla de pasajes que constituyen la experiencia relativa a esta afección.


Llegados a este punto, cuesta no poner un nombre a tantas y tantas vivencias que, bien sea por su gravedad o por el impacto que han causado en un yo receptivo a las mismas, han motivado una adhesión inmutable a la mejora de las condiciones de todos los afectados por la esquizofrenia. En la recámara queda la concienciación de una sociedad que en ocasiones estigmatiza a estas personas con etiquetas como incurables, locos, peligrosos y, en síntesis, impidiendo o, cuanto menos, dificultando, su proceso de integración en la sociedad. Creer que estos pensamientos son parte de sólo unos pocos puede ser refutado con experiencias como la del recuerdo vago de una conversación en un congreso con un médico generalista que golpeó mi cerebro con frases como “que quieres que te diga… los locos no tienen cura”, “lo mejor es que estén encerrados…” y “tarde o temprano son peligrosos…”. Qué fácil sería decir que esto es incierto, qué sencillo sería exponer datos que contradicen estas afirmaciones, pero qué difícil es ponerse en el lugar de aquellos que están experimentando una enfermedad que puede desorganizar los elementos primordiales de un ser humano y dificultar, e incluso imposibilitar, el desarrollo de una vida de las consideradas normales. Sólo comprendiendo el sufrimiento de los otros y poniéndonos en su lugar, podremos ser una fuente de apoyo o, al menos, una tentativa de solución a sus problemas.



martes, 24 de mayo de 2016

Guía de práctica clínica sobre la esquizofrenia y el trastorno psicótico incipiente



En los últimos años el Ministerio de Sanidad ha publicado varias Guías de Práctica Clínica (GPC) sobre distintos temas de salud pública, incluyendo algunas relativas a problemas de salud mental (por ejemplo, trastornos psicóticos, conducta suicida, trastornos del espectro autista, trastornos de ansiedad, depresión). Estas Guías de Práctica Clínica son un “conjunto de recomendaciones basadas en una revisión sistemática de la evidencia y en la evaluación de los riesgos y beneficios de las diferentes alternativas, con el objetivo de optimizar la atención sanitaria a los pacientes”.
La “Guía de Práctica Clínica sobre la esquizofrenia y el trastorno psicótico incipiente” es una buena referencia bibliográfica para responder a algunas de las preguntas de la última convocatoria del examen PIR sobre tratamientos para los trastornos psicóticos (por ejemplo, las preguntas 121, 123 y 124 de la convocatoria 2015).
A continuación se resumen las recomendaciones más significativas que recoge dicha guía para el tratamiento de los trastornos psicóticos:
1. Intervención farmacológica 
  • Las medicaciones antipsicóticas están indicadas para casi todos los pacientes que experimentan una recaída aguda
  • En pacientes que inician tratamiento por primera vez, se recomienda la elección de medicación antipsicótica de segunda generación, puesto que está justificada por tener una mejor tolerancia y un menor riesgo de discinesia tardía
  • La medicación antipsicótica para el tratamiento de un primer episodio de psicosis debería mantenerse durante un mínimo de dos años después de la primera recuperación de los síntomas
  • Se recomienda el uso de clozapina:
    • En casos de agresividad persistente
    • Si el riesgo de suicidio es elevado o persistente a pesar del tratamiento para la depresión, si tal tratamiento resulta ineficaz, o si la depresión no es grave.
  • La administración múltiple de medicamentos antipsicóticos, tales como la combinación de fármacos de primera generación y de segunda, no debería utilizarse excepto durante los períodos de transición de un cambio de medicación
  • No se recomienda la combinación de un antipsicótico con otro, ya que podría incrementar el riesgo de efectos adversos e interacciones
  • Los medicamentos depot deberían reservarse para dos grupos:
    • En primer lugar, para aquellos que optan voluntariamente por esta vía de administración. Los medicamentos inyectables son preferibles debido a su mejor tolerabilidad y un menor riesgo de discinesia tardía.
    • En segundo lugar, para aquellos que, a pesar de una serie de intervenciones psicosociales integrales destinadas a promover la adaptación y la adherencia, repetidamente fracasan en adherirse a la medicación necesaria y presentan recaídas frecuentes.
  2. Terapia Electroconvulsiva 
  • La TEC podría estar indicada en pacientes refractarios o con intolerancia a la medicación. También puede ser ocasionalmente útil cuando existe un episodio psicótico apreciable y el trastorno está caracterizado porsíntomas catatónicos o afectivos
 3. Intervenciones psicosociales 
  • Se recomienda la Terapia Cognitivo-Conductual para el tratamiento de los síntomas psicóticos persistentes a pesar de recibir un tratamiento farmacológico adecuado
  • La terapia de apoyo no es recomendable como intervención específica en el cuidado habitual de personas con esquizofrenia si otras intervenciones de eficacia probada están indicadas y disponibles
  • Se recomiendan implantar en los planes de tratamiento intervenciones psicoeducativas para pacientes y familiares de forma habitual
  • Se recomienda aplicar el Entrenamiento en Habilidades Sociales a pacientes graves o moderadamente discapacitados
  • Se recomienda aplicar la terapia de intervención familiar en pacientes moderada o gravemente discapacitados, y sobre todo, en los de larga evolución. En pacientes con inicio reciente de la enfermedad habrá que valorar cada situación de forma individualizada. Se recomienda la Intervención Familiar prolongada en el tiempo (más de seis meses) para reducir las recaídas.
  • Se recomienda la atención comunitaria con un plan de cuidados integral a paciente con trastorno mental grave, incluyendo al paciente en la toma de decisiones y poniendo el énfasis en su capacitación para que mejore el grado de satisfacción del paciente y su recuperación social
  • Se recomienda la gestión intensiva de casos en pacientes con TMG cuando éstos hacen uso de los servicios hospitalarios con la finalidad de reducir este consumo
  • Se recomiendan los programas de trabajo con apoyo para la inserción laboral de personas con esquizofrenia, ya que se obtienen mejores resultados en comparación con el resto de intervenciones de rehabilitación laboral

jueves, 5 de noviembre de 2015

Mi día a día con la esquizofrenia

Compartimos un comic desarrollado como herramienta de ayuda a las personas jóvenes que debutan con la esquizofrenia, para conocer más sobre su trastorno y que puedan aprender a afrontarlo.

La historia está basada en testimonios reales de pacientes con colaboración de AMAFE (Asociación Madrileña de Amigos y Familiares de Personas con Esquizofrenia)