miércoles, 26 de octubre de 2016

¿Sabías que la formación vía PIR para psicólogos clínicos es una de las más avanzadas del mundo? Te explicamos por qué...




Si hablamos con cualquier residente de Psicología Clínica y le preguntamos su opinión sobre cómo es la formación durante su residencia, por lo general, contestará que muy buena.  Otra cuestión son las posibilidades de trabajo al terminar la residencia y la calidad de estos puestos, pero pocos dudarán en admitir que el PIR ofrece unas oportunidades únicas en cuanto a formación se refiere.  Pero, ¿cómo de buena es en realidad? Si la comparamos con otros países ¿es mejor o peor y en qué podemos decir que lo es?

Tanto durante la carrera de psicología como, posteriormente, durante su formación como clínicos los psicólogos estudiamos diferentes teorías o modelos, pero existe algo común a la gran mayoría de ellos, proceden de un país en concreto: Estados Unidos. Sería razonable pensar que el nivel de los psicólogos norteamericanos debe de ser muy alto, a tenor de la gran difusión que tienen sus teorías en todos los ámbitos de la psicología, no sólo clínica. ¿Es esto así en la realidad?

Para responder a esta pregunta centrémonos en analizar la figura del psicólogo clínico en este país. Recientemente he tenido la oportunidad de conocer de primera mano el mundo del psicólogo clínico norteamericano y creo que podemos hacer, al menos, un primer análisis. La primera y más importante diferencia que uno encuentra es que en Estados Unidos no existe una residencia en psicología clínica, aunque sí la hay en las especialidades médicas tradicionales. Los caminos para convertirse en lo que en España sería psicólogo clínico son diversos, aunque, por lo general, conllevan la realización de un PsyD, que sería algo similar a un doctorado, pero con una mayor orientación clínica, y un “internship” de un año de duración. Todo ello permite tener la licencia de psicólogo clínico. Cuando uno cuenta que en España los psicólogos clínicos tenemos la oportunidad de estar cuatro años formándonos, rotando por diferentes unidades de los dispositivos de salud mental que pueden estar incluso fuera de España, las reacciones son de asombro. Aquí no sólo es escasa la figura del psicólogo en los hospitales, sino que, su formación es bastante limitada en cuanto a funciones se refiere. Otro aspecto que me sorprendió es que en EEUU es el trabajador social quien realiza las terapias en la mayor parte de los casos. Es cierto que aquí el trabajador social recibe una formación específica para ello, pues existe la especialidad de trabajador social clínico, pero, que duda cabe, que aunque el entrenamiento sea muy bueno, que lo es, habrá carencias de base por razones obvias. En la mayor parte de los casos, el psicólogo tiene una función de director de servicio, dedicándose prioritariamente a la evaluación y coordinación del servicio en el que trabaja y, por lo general, con una carga asistencial reducida.

Ahora bien, si volvemos a la pregunta inicial ¿por qué seguimos teniendo una presencia mayoritaria de teorías y de terapias originadas en los estados unidos frente a otros países? Esta es una pregunta que no tiene una fácil respuesta porque no son pocos los factores que determinan esto. No obstante, hay dos fundamentales: el primero es de carácter político y económico, Estados Unidos a día de hoy es la primera potencia mundial y eso es trasladable no sólo a nivel económico, sino a nivel científico. La facilidad que encuentran para diseminar sus trabajos y los fondos con los que cuentan son mucho mayores que los de nuestro país. Pero si analizamos el campo de la psicología clínica en concreto, existe otra posible razón y tiene que ver con la formación recibida. Su formación es profundamente específica. Cuando el alumno desea formarse como psicólogo clínico a través de las múltiples vías que existen en EEUU, no lo hace para tener una visión global u holística de la salud mental, lo hace para formarse en un ámbito concreto de esta. Así, por ejemplo, un alumno realizaría su PsyD durante dos o tres años en el tratamiento del trastorno límite y, posteriormente, harían su internado en alguna clínica u hospital que atienda a esta población durante un año. Esto hace que sea común encontrar especialistas en el tratamiento de una u otra enfermedad mental, lo que, por un lado les capacita para producir trabajos de calidad en áreas específicas, pero, por otro lado, les dificulta tener la visión global que los psicólogos clínicos españoles tenemos, lo que, en mi opinión, es un punto fundamental, la capacidad de integración. Es complicado encontrar un psicólogo norteamericano que haya trabajado y recibido supervisión durante cuatro años en unidades tan diferentes como una unidad de agudos y un centro de atención primaria, como ocurre en España. El objetivo de este análisis no es realizar una crítica al sistema de formación de los psicólogos clínicos norteamericanos, que, como todos, tienen aspectos mejorables y puntos fuertes. Más bien, con esto deseo reivindicar la importancia de seguir apoyando la formación de los psicólogos clínicos a través del sistema PIR, que, aunque es mejorable en algunos aspectos -como en el número de plazas ofertadas- sin duda nos coloca entre los más avanzados, algo que, con demasiada frecuencia, pasa desapercibido.


Alejandro Muriel Hermosilla

Psicólogo Interno Residente en Hospital Gregorio Marañón

Visitante en CMCH, Yale University , EEUU.

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