martes, 4 de abril de 2017

Cuando la Mente Sufre: Viviendo la Esquizofrenia (parte IIb)

Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe





A partir de estos hechos, volvió al domicilio de sus padres quienes no acabaron de entender lo que había sucedido. De repente, les habían transmitido que su hijo tenía una enfermedad llamada esquizofrenia paranoide y que, con mucha probabilidad, seguiría un proceso crónico. En la mente de Luis daba vueltas la idea de si su hijo era normal y quería pensar en la posibilidad de que sólo se comportase así por librarse de realizar el Servicio Militar. Lucía, por su parte, se volcó en una aparente protección de su hijo, que derivó en que volviera a tratarle como un niño en el sentido de no dejarle realizar ninguna tarea del hogar e impedir que nada ni nadie pudiese perturbar una calma que ya nunca estaría presente en la mente de Pedro. Añadido a esto, sus hermanas, que ya estaban fuera del hogar de los padres, se alejaron aún más de ese hermano que, a sus ojos, siempre había sido problemático. A partir de ahí, comenzó una espiral de dificultades en el hogar, de recaídas en el consumo, en la propia esquizofrenia y de, en definitiva, aumento de los problemas en todos los niveles de la vida de Pedro quien, progresivamente, y a lo largo de los años, fue tomando contacto con diversos dispositivos socio-sanitarios y, aunque no consciente del todo, adentrándose en una vorágine de acontecimientos que le llevarían a cotas insospechadas de malestar.

Pensar en personas con historias equiparables a esta ficción sobre Pedro y adentrarse en estas historias de vida supone un antes y un después en la vida de cualquier profesional dedicado a la salud mental. Siguiendo con el relato, el análisis de su historial psiquiátrico revelaba la existencia de un trastorno esquizofrénico paranoide crónico que fue menoscabando sus facultades desde principios de la juventud y por el que precisó reiteradas hospitalizaciones, tratamiento psiquiátrico ambulatorio mantenido y rehabilitación psicosocial en varios dispositivos. En algunos informes previos se adoptaba el término genérico de psicosis, mientras que otros eran más precisos y repetían constantemente los términos esquizofrenia paranoide crónica.

Pedro ingresaba continuamente en instituciones psiquiátricas debido a que mostraba muchos problemas de conducta en el hogar (fundamentalmente agresividad verbal). A esto se añadían otros síntomas de la esquizofrenia como las alucinaciones auditivas, consistentes en insultos hacia su persona, que le ponían muy nervioso amén de alterar su relación con los demás. Los ingresos hospitalarios se fueron sucediendo en el tiempo y todo acabó derivando en su incapacitación civil y laboral. Cuando ingresaba en un hospital, Pedro manifestaba que sentía “voces insultantes que me preocupan y me hacen pensar que provienen de familiares, vecinos, etc.”, “pinchazos en el pene…” y que le “hartaban y por eso empezaba a romper cosas en casa…”. Todo esto le iba mermando anímicamente y adentrando en una atmósfera delirante de la que cada vez era más difícil escapar. Progresivamente se fueron incorporando fenómenos como sentir que sus acciones eran controladas, actividad obsesivo-compulsiva y cambios bruscos del humor. Las diferentes medidas terapéuticas implementadas en el caso de Pedro no producían los efectos deseados. Ni los fármacos lograban mitigar su sufrimiento ni las diferentes terapias o ingresos en dispositivos eran capaces de reorientar el curso de los acontecimientos.

Su proceso de enfermar fue como el de tantos otros en esta patología tan grave. Se inició en la juventud y ha sido persistente, con brotes paranoides (delirios y alucinaciones) y progresivo deterioro conductual, todo ello en el contexto de un ambiente de sobreprotección familiar. Las dificultades de contención de los problemas de Pedro en el medio familiar motivaron reiterados ingresos psiquiátricos que, toda vez fueron tornándose como inefectivos, supusieron que ingresase en un dispositivo dedicado a la atención a largo plazo de esta patología y orientado a los casos con peor pronóstico, lo que supone un intento más de abordar la enfermedad una vez agotados los recursos ambulatorios de tipo más comunitario.

En el momento de su evaluación de ingreso en este dispositivo se mostró calmado, abordable y colaborador. Aparentaba su edad, venía bien aseado y vestido variando adecuadamente su ropa. Su aspecto siempre era impecable. Presentaba una conciencia de enfermedad de carácter oscilante, en el sentido de que a veces parecía comprender que lo que le pasaba era fruto de su mente pero, posteriormente, terminaba señalando que eran otros los culpables de que tuviese esas sensaciones extrañas. Pero lo que más llamaba la atención de su rostro eran las arrugas faciales  que convertían su frente en algo que atraía las miradas de quien hablaba con él. 

Pedro no mostraba alteraciones motoras evidentes, aunque andaba enlentecido, lo que llamamos hipocinesia. Presentaba también alteraciones de la conducta intencional en forma de comportamientos compulsivos de llamadas a líneas eróticas que eran vividos con intensa culpa y reforzaban pensamientos obsesivos en torno al sexo. También presentaba intrusiones obsesivas relacionadas con una banda terrorista, que se manifestaban como pensamientos simples de alabanza a la misma que el paciente intentaba atenuar y calificaba como autogenerados.

Referente a sus sistema perceptivo e imaginación, Pedro no relataba la existencia de ninguna sintomatología nítida alucinatoria, si bien se había constatado que experimentó alucinaciones visuales (p. e.: ver a Dios), auditivas (p. e.: básicamente voces que le insultan) y táctiles (pinchazos en su cuerpo).

Su lenguaje era óptimo, utilizando correctamente las reglas gramaticales básicas. No había afectación en la comprensión y presentaba una buena cualidad del habla con pequeña afectación de la prosodia. Mostraba trastornos formales del pensamiento que aumentan su intensidad cuando experimentaba ansiedad. Así, no era raro que en su discurso apareciese una pérdida de asociaciones, pobreza del contenido del habla, habla distraída y circunstancialidad ocasional. Eran evidentes las ideas delirantes en el pasado de carácter básicamente referencial (p. e.: consideración de que la conducta de los otros –gente que asocia a políticas de izquierdas o contra la derecha- iba dirigida hacia su persona), extraño (p. e.: inserción de chips en su cuerpo o posibles envenenamientos por parte de sus tíos) y, en mayor medida, de persecución (p. e.: referencias a “ataques” de los vecinos hacia él realizando ruidos voluntariamente).  En el momento en que se evaluó a Pedro había percepciones delirantes (p. e.: ver a gente leyendo un periódico de izquierdas en el tren era interpretado como la posibilidad de estar siendo perseguido u observado o; movimientos de muebles casuales de los vecinos eran interpretados como intentos de molestar y fastidiar su descanso); así como recuerdos delirantes (p. e.: reconstruía delirantemente recuerdos reales como, por ejemplo, buscar explicaciones irracionales a hechos reales que le sucedían).

Pese a todo, Pedro no se caracterizaba por manifestar ideación violenta hacia sí mismo aunque sí hacia los demás, evidenciando agresividad de carácter verbal y, presumiblemente, sin aparente intención de realizar una agresión física. Su estado de ánimo era tendente a la depresión, aunque no de forma intensa y sí era clara la alexitimia. No presentaba problemas relacionados con el sueño con la única salvedad de tendencia a la hipersomnolencia. Pedro se había descuidado respecto a sus hábitos alimenticios y era clara cierta hiperfagia que había determinado mayor control y/o supervisión en las comidas por su sobrepeso. Añadir la valoración negativa que realizaba de su vida sexual y que, entre otras cosas, era parte de alguna de las tramas delirantes que provocaban malestar en su mente.

Las relaciones sociales que contaba estaban disminuidas en su cantidad y calidad, tendiendo a una evitación social activa y/o a la soledad. Con sus padres había una intensa ambivalencia, apareciendo intensos sentimientos positivos (proteccionistas) hacia el padre quien, paradójicamente, solía ser el blanco de la mayor parte de las agresiones verbales.


Continuará… 

1 comentario:

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